El tiempo de la aventura

Uno de los estrenos más esperados del año aterriza en salas españolas. En El gran hotel Budapest, Wes Anderson desarrolla su faceta más aventurera para ofrecernos una deliciosa película que nos remite a un mundo, quizá inexistente pero, fantástico.

 

“Es una aventura” decía el Capitán Steve Zissou al final de la magnífica Life Aquatic refiriéndose al gran espectáculo de la vida. Aquella película confirmaba a Wes Anderson como un cineasta extraordinario ratificando su enorme talento tras la cámara, su particular y personalísimo estilo y su capacidad para conjurar universos propios. Pero Life Aquatic también servía como carta de presentación de una nueva faceta del director neoyorquino: su destreza a la hora de narrar las alocadas andanzas de un improbable grupo humano con un apabullante sentido de la maravilla. Las correrías del Capitán Zissou a la caza de ese melvilliano tiburón blanco a muchos nos recordaron a las trepidantes historietas de Tintín y su fiel compañero el Capitán Haddock, siendo a día de hoy unas de las mejores traslaciones del espíritu de Hergé del comic a la pantalla. Probablemente Anderson sea el cineasta que más lejos ha llevado la fidelidad de las líneas claras de un tebeo al Séptimo Arte: esos travellings horizontales marca de la casa que van mostrándonos a todos los personajes, los excéntricos decorados de cartón piedra y los calculadísimos encuadres de cada plano.

Sus posteriores trabajos no hicieron sino ahondar en esta nueva dirección. Con Fantástico Sr. Fox Anderson plasmaba directamente el marcado tono cartoon de su universo en una película de animación (¿la más original de la década?) como consecuente paso hacia adelante en su filmografía. Moonrise Kingdom proseguía por esta disparatada senda en una historia más cercana al sueño utópico de un adolescente que a cualquier atisbo de realidad. “Es la época del amor, la época de los amigos y de la aventura” cantaba Françoise Hardy a través de un viejo tocadiscos mientras Sam y Suzy se robaban sus primeros besos en la playa.



El Gran Hotel Budapest pasa por cuatro épocas distintas, aunque sólo dos son desarrolladas. Vemos a una niña presentar sus respetos ante una estatua de un (suponemos) admirado y difunto escritor. De ahí pasamos a un parlamento del escritor ante la cámara confesándonos que la inspiración para sus relatos siempre le ha venido de las vidas de la gente de la rodea. La película se remonta entonces a la estancia del mismo escritor años atrás en el prestigioso Gran Hotel Budapest, donde un desconocido que se revela dueño del hotel se dispone a contarle la historia de su vida, historia que constituye el grueso de la película. En la limitada explicación de este cronista la estructura puede parecer complicada, pero el maestro Anderson consigue desplegar este entramado de historias dentro de historias como si de muñecas rusas invertidas se tratase con sencillez en apenas un par de minutos.

Como decía, solo dos épocas son plenamente explotadas: el encuentro del escritor con el dueño del hotel que da título a la obra y la historia que éste le relata mientras cenan juntos. Dicha historia es el núcleo de la película y nos desvela los sucesos que elevaron al actual dueño del hotel desde sus inicios en la humilde posición de botones a las órdenes de Mr. Gustave, el protagonista absoluto y otra creación más directa al panteón de los mejores personajes de Anderson. Ralph Fiennes brilla en la piel de este gerente del hotel mostrando un registro cómico inédito en su carrera que parece inspirarse en el estoicismo y la compostura ante la adversidad de la que hacían gala los torturados seres que encarnaba Buster Keaton. Con un personaje que ofrecía el despunte en bandeja de plata, Fiennes se adueña de la función pero el resto del reparto no se queda muy atrás. Pocas veces se ha visto una reunión de talentos tan abultada: F. Murray Abraham, Mathieu Amalric, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Harvey Keitel , Jude Law, Bill Murray, Edward Norton, Saoirse Ronan, Jason Schwartzman, Léa Seydoux, Tilda Swinton, Tom Wilkinson, Owen Wilson… Pese a lo breve de sus apariciones, todos tienen su momento de gloria gracias a un preciso guión y a la capacidad de Anderson de sacar lo mejor de cada uno de ellos. Tampoco hay que olvidarse del acertado debutante entre tanta celebridad, Tony Revolori, cuyo personaje de botones tiene mucho peso en la historia y forma una gran pareja cómica junto a Fiennes.



Este entrañable tándem ve pasar y experimenta en sus propias carnes extraordinarios acontecimientos: robos de cuadros, persecuciones en trineos, intrigas familiares, apasionados romances, infiltraciones en monasterio... Todo ello bajo la inconfundible mirada de Anderson, que alcanza aquí la cima de su estética particular: una decoración artística exquisita y minuciosa, un fascinante uso de maquetas y miniaturas, una música deliciosa y envolvente (una de las mejores composiciones de Alexandre Desplat)… Pero El Gran Hotel Budapest no es solamente un delicia para los sentidos.

Bajo la estructura del relato y sus distintas partes radica un diálogo entre dos eras: entre el Gran Hotel Budapest lleno de vida de Mr. Gustave y el decadente Gran Hotel Budapest en el que se aloja un escritor en horas bajas. La magia y la aventura han desaparecido, el tiempo las ha marchitado.



En un momento de la película, el botones se refiere a Mr. Gustave como un hombre de otra época, y no se equivoca. Junto a Mr. Gustave, también Anderson está anclado a esa misma época, una época de amor, amistad y aventura. El Gran Hotel Budapest es la sentida elegía de Wes Anderson a un mundo en el que le hubiera gustado vivir y, quizá, un mundo que nunca haya existido. Gracias al cielo, hay genios como Wes Anderson que aún logran resucitarlo. Aunque sea durante noventa minutos y en una oscura sala de cine.

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